El director del periódico para el que trabaja Henry M. Stanley asigna a éste la tarea de localizar al misionero escocés David Livingstone, perdido en el corazón de África. Stanley encuentra por fin al Dr. Livingstone, quien, pese a estar gravemente enfermo, se siente contento con los nativos y rechaza la invitación de Stanley de volver con él a casa. A su regreso, Stanley cuenta la historia de su encuentro con el Dr. Livingstone, pero carece de pruebas tangibles y le acusan de perpetrar un fraude.